Viento rey, ciudad de polvo
Capítulo 1 · Nueva Dubai
Nueva Dubai se levantó sobre un río que regatea el caudal según su antojo. Su orilla sube, a veces, si la capital del país necesita más energía y hay que abrir las compuertas de la represa que en los años setenta fue considerada “la obra del siglo”. Todas las personas nacidas desde esa década en adelante que habitan el valle alguna vez fantasearon con la asfixiante idea de una inundación bíblica producto de la rotura de la represa de la central hidroeléctrica. Los viajes de estudio de las escuelas primarias eran motivo de pesadillas. Los niños se asomaban, como animalitos recién nacidos al borde de una gran caja, y veían las grietas en las murallas, la masa quieta de agua que se confunde con el cielo. Escuchaban a padres y maestros advertirles, serios, insistentes, que si algún día la radio, la tele, un vecino, decía que la represa se había roto o, peor aún, si los bomberos hacían sonar su sirena cinco veces, con lo que demora cada sirena, había que esperar y contar, que no sea un incendio, que no sea un accidente, si eran, en efecto, cinco sirenas que anunciaban una catástrofe tenían que correr, correr con todas sus fuerzas, correr sin detenerse a agarrar nada, hasta la barda, ese páramo filoso donde solo se reproducen las víboras y la basura. La giganta artificial de agua creada en la tierra de los dinosaurios algún día podría tragarse vivos todos los pueblos. Porque, después de todo, qué cosa hecha por el hombre es indestructible si un viento ni siquiera tan fuerte hizo bambolear el Puente de Tacoma hasta derrumbarlo.
Nueva Dubai también es, en cierta forma, una creación artificial, un pueblo perdido que se hizo metrópoli mamando petróleo, aupado por empresarios. La corriente del agua que la delimita forma remolinos y saltos azul turbio; no es cristalina como la del lago. En la ciudad, la mugre se cuela por las cloacas rotas directo al río. Aun así, los pescadores sacan truchas y pejerreyes con sus equipos verde militar en barquitos que no tienen que hacer grandes esfuerzos. No hay peligros para los navegantes.
Aun al pie del agua, la ciudad es un desierto sobre el que se plantan plazas de césped en panes. El personal municipal riega todos los días, bien temprano en la mañana, en invierno y en verano, un pasto que los yuyos devoran rápido y tiñen de amarillo marrón. Los árboles trepan lentos. Por cada pulgada que engrosan los fresnos y las acacias, la ciudad cumple dos años. El aguaribay es uno de los preferidos porque se adapta a casi cualquier condición, también a suelos pobres y largas sequías.
La ciudad comenzó a crecer hacia arriba, hacia el norte, allá en la barda de zorros, jarilla y pinos flacos, pero también hacia el cielo. En los últimos años, Nueva Dubai empezó a recibir una lluvia de billetes y se levantaron edificios tan altos que desde sus penthouse del último piso se pueden ver las provincias cercanas. La planicie da paz y la altura, estatus. Combinadas son la moda hippie chic de la región. No hay calle en el centro y sus alrededores que no esté interrumpida en varias partes por conos y cintas de seguridad protegiendo alguna pluma de construcción.










